La belleza de la duda en el cine de Paolo Sorrentino


La grazia, la nueva película de Paolo Sorrentino, llega a los cines el próximo 19 de marzo.

Escribe Ezequiel Santoro


Existen ciertas inquietudes y temáticas que Paolo Sorrentino explora constantemente en sus películas: la belleza, el amor, la nostalgia, el olvido, las raíces, el perdón, los lazos familiares, la pasión, el paso del tiempo, el poder. 


A lo largo de su carrera, el director napolitano ha logrado dejar una huella en el cine de su país con un estilo particular de filmar y de elaborar la puesta en escena, cargada de potencia visual y emotividad, creando una especie de cine barroco. Otra característica notable son potentes diálogos, que dan lugar a mixturas que oscilan entre el drama y la comedia irónica (según el propio director, una de los principales rasgos de los napolitanos es justamente, la ironía). No caben dudas que cuando alguien empieza a ver una obra de Sorrentino, puede muy rápidamente identificar de quién se trata. Su cine es una mezcla entre el surrealismo, la ironía, la sensibilidad y la pasión. Tras más de veinte años de trayectoria, el napolitano fluctúa entre la crítica a la sociedad contemporánea mientras que explora el pasado y reflexiona sobre el paso del tiempo; lo que fue, lo que es, lo que pudo ser. 


Estos puntos pueden apreciarse en varios de sus filmes, donde los protagonistas se encuentran en el ocaso de sus carreras profesionales o su vida y comienzan a plantearse el recorrido que los ha forjado como las personas que son; a su vez, los personajes secundarios que orbitan a nuestros protagonistas suelen ser utilizados como puntos de reflexión para los mismos, y cada pequeña interacción entre ambos intenta darnos una respuesta o generarnos una duda; por ejemplo, en É stata la mano di Dio, mientras recorre la ciudad de Nápoles, Fabietto se encuentra con Antonio Capuano (director de cine y mentor de Sorrentino), quien le revela el secreto para hacer cine: “non ti disunire” (en español podría traducirse como no te desarmes, aunque no hay una traducción literal), frase que refiere a que lo esencial para hacer cine es ser fiel a uno mismo, no mentirse y no desmoronarse ante la adversidad. Al mismo tiempo, en esta secuencia el propio Sorrentino nos dice qué implica para él hacer cine, y nos pregunta ¿qué es lo que uno está dispuesto a sacrificar para dedicarse a lo que le apasiona?


En sus dos filmes anteriores (É stata la mano di Dio y Parthenope) vuelve a los orígenes para retratar su adolescencia por un lado y por otro, un personaje fundamental en su filmografía, que es nada más ni nada menos que la ciudad de Nápoles. En ellos se retrata un amor/odio constante con todas las contradicciones que tiene la ciudad y la gente que habita en ella, alejándose del cliché de romantizar el lugar de donde uno proviene. Sorrentino nos muestra un retrato honesto de cómo percibe y cómo perciben muchos italianos a Nápoles, aceptándose como un lugar único en el mundo, el cual parece tener vida propia. Si su ciudad natal toma el rol de lugar que evoca el pasado, otra ciudad que Sorrentino utiliza, pero para hablar de la actualidad es Roma, capital italiana, en donde parecen estar encarnados los vicios de la sociedad de dicho país, del mismo modo en el que ya lo había hecho en la ganadora del Óscar, La Grande Bellezza. 




La Grande Bellezza (2013) y É Stata la Mano di Dio (2021)


Es así que llegamos al 2025, donde el napolitano presenta en el 82º Festival Internacional de Cine de Venecia su más reciente trabajo: La Grazia. El filme narra los últimos días de mandato de Mariano De Santis (interpretado por su fiel colaborador, Toni Servillo) como presidente de Italia, en donde el protagonista tendrá un último deber antes de volver a la vida civil: en primer lugar, indultar a dos personas que han cometido asesinatos por razones aparentemente similares. En segundo lugar, deberá decidir si aprueba o no el proyecto de ley que legaliza la eutanasia. Estos dilemas morales pondrán en una encrucijada a De Santis, quien siempre fue considerado como un jurista moderado y cuidadoso y deberá decidir si arriesgará su legado político, mientras reflexiona sobre las decisiones que ha tomado durante su carrera y su vida que lo mantienen anclado en el pasado. 





Paolo Sorrentino (der.) y Toni Servillo (izq.) durante el rodaje de “La grazia




En La Grazia, vemos a un Paolo Sorrentino más contenido, sin los excesos visuales y narrativos que le son tan propios (pero siempre manteniéndose fiel a sí mismo y su estilo). La película aprovecha los momentos reflexivos del protagonista, para transmitirnos a través de distintos elementos del lenguaje cinematográfico su estado emocional. Si en La grande bellezza vemos escenas con un montaje acelerado, primeros planos y secuencias de fiesta mostrando el exceso de la clase alta en Roma, en La Grazia se observan planos más abiertos y contemplativos, montaje pausado con un ritmo más disminuido para mostrarnos la soledad que siente De Santis, quien no puede superar la muerte de su gran amor, su esposa Aurora. 


También desde el color y la luz se emplean tonos más fríos (como por ejemplo en las secuencias oníricas en el campo), mientras que en Roma encontramos colores más sobrios, sin tanta estridencia o contraste. Este uso del color nos permite entender que esta es la forma melancólica en la que De Santis percibe el mundo, ya que ha perdido la pasión y el motor que lo impulsaba. El protagonista se encuentra aislado emocionalmente como bien indica el apodo que se le ha impuesto “hormigón armado”, parece un hombre indescifrable, siempre priorizando la razón a la emoción. Ésta característica también se traslada a su vida personal; tiene una relación compleja con sus hijos (sobre todo su hija, Dorotea, quien es a la vez su mano derecha en la vida política). 





La grazia (2025)



La carga melancólica que lleva De Santis le imposibilita vincularse con sus seres queridos, incluso mencionando que él no sabe nada de sus hijos ni sus hijos saben nada de él. Es un hombre anclado al pasado, que no puede ver el presente ni pensar en el futuro. Lo unico que tortura su memoria es quien fue el amante de su difunta esposa cuarenta años atras (secreto que se revelará llegando al final del filme). En repetidas escenas de la película, nuestro protagonista recuerda su juventud no desde la nostalgia, sino desde la melancolía; lo vemos subir a la parte alta del palacio presidencial para fumar el único cigarrillo diario que se le permite. Mientras fuma, se muestra una secuencia onírica (la cual recuerda a una puesta en escena que podría estar en una película de Andréi Tarkovsky, repleta de neblina y una campiña desolada), que remite a la ciudad donde Aurora y Mariano se conocieron. De Santis, rememora con melancolía como la veía pasar por un camino que cruzaba su hogar todos los días; el anhelo de quitarse ese peso de encima y volver a sentirse “liviano” se despierta cuando el protagonista asiste a una videollamada con un ingeniero espacial que se encuentra en una expedición. Agregando ese toque de realismo mágico que le es tan propio al director, vemos como el astronauta derrama una lágrima y flota por la nave. Este momento catalizador hará que De Santis decida tomar las riendas del final de su mandato, para posteriormente aliviar su vida emocional.






La grazia (2025)
  

Otro de los puntos centrales que plantea La Grazia es la dicotomía a la que se enfrenta el protagonista para legalizar la eutanasia y además indultar a dos asesinos cuyas circunstancias podrian considerarse como atenuantes: durante todo el filme De Santis esquiva constantemente estas tareas debido al temor de dañar su legado como Presidente y sostiene que sin importar la decision que tome, será criticado y cuestionado; estamos ante un hombre al que tomar riesgos le es imposible. Si bien en un principio todo parece indicar que no firmará el proyecto de ley, ocurre un suceso que le hará cuestionar su aparente postura hasta ese entonces cuando Elvis, su caballo favorito, enferma de gravedad. Es entonces que el presidente pide que no lo sacrifiquen mientras decide cómo proceder. Mientras tanto, le pide a su hija que revise a fondo la ley, lo que despierta en Dorotea la sospecha de que pretende delegar la responsabilidad a su sucesor. Una vez más, De Santis se ve incapaz de decidir si debe sacrificar a Elvis para no prolongar su sufrimiento; él está negado a dejar ir a su amado caballo, de la misma forma que no puede perdonar una infidelidad por parte de su esposa hace ya cuarenta años. Acá el director se traza un paralelismo entre la eutanasia aplicada a animales contra la que podria aplicarse a los humanos, dejandonos la pregunta ¿Qué es preferible? ¿Una mala vida o una buena muerte?


Finalmente, Elvis muere (aparentemente de causas naturales, aunque se nos deja a libre interpretación si fue sacrificado a espaldas de De Santis). En ese instante parece generarse un punto de inflexión en el presidente: a continuación, viaja a su pueblo natal donde le revela a Lábaro que, dos semanas antes de finalizar su mandato renunciará al cargo para poder participar de las próximas elecciones. Tras la partida de su hija a Canadá, decide visitar a los posibles indultados: por un lado una mujer que asesinó a su marido que la torturaba, golpeaba y abusaba de ella; por el otro, un hombre que mató a su esposa que sufría de Alzheimer. 


El filme nos plantea entonces la interrogante sobre la decisión final del presidente; a primera vista, todo indica que el que conseguirá el indulto es el profesor que terminó con la vida de su amada, ya que se da a entender que este fue un acto de amor debido a que no soportaba el sufrimiento constante de su pareja, la cual agonizaba lentamente. Mientras tanto, la mujer encarcelada parece que no conseguirá la libertad debido a que no muestra arrepentimiento alguno con respecto a sus actos. Estas encrucijadas ponen en jaque a De Santis, quien teme ser odiado por el pueblo, siendo Italia un país sumamente católico, nuestro protagonista incluído. Estas últimas decisiones en el ocaso de su presidencia llevan el dilema de todo un país en sus hombros, sino también carga con su pasado, el cual no puede dejar atrás. Todas estas cuestiones planteadas son variaciones de la misma pregunta imposible: ¿cuándo liberamos aquello que nos causa dolor y cuánto nos cuesta esa liberación? Para él, la cuestión de la eutanasia y los indultos no son meros asuntos que pertenecen exclusivamente a la politica, sino una batalla personal entre sus creencias y el poder que conlleva que otros puedan decidir sobre su propio fin.     



       

La grazia (2025)

El mandato termina. De Santis abandona la casa de gobierno en Roma, y curiosamente decide que quiere caminar por las calles de la ciudad. La gente se queda observando atónita, pero con sumo respeto. Una vez que llega a su casa, el protagonista se encuentra con los recuerdos de su esposa, su ropa, sus anteojos, como si su presencia todavía permanezca en ese lugar. Allí, le concede a la revista Vogue una entrevista que previamente había rechazado; sin embargo, en esta entrevista sobre un tema trivial, termina transformándose en un homenaje hacia su esposa. Como bien explica el mismo De Santis “a mi no me gusta olvidar, me gusta recordar”, de esta forma parece liberarse en el ex mandatario una pena acumulada durante años que ha mantenido oculta (recuérdese su apodo “cemento armado”). Es entonces que empieza a pronunciar una carta de amor para Aurora a viva voz; ese cemento irrompible parece haberse quebrado, desligandose de ese apodo con el cual nunca estuvo cómodo. 


Llegando al final de la entrevista, Sorrentino despliega diálogos impecables (quizás una de sus más grandes virtudes como guionista), donde De Santis parece haber encontrado respuesta a una pregunta que se plantea durante el filme “¿De quién son nuestros días?” Son nuestros, pero una vida no es suficiente para entenderlo”. Más tarde, mantiene una videollamada con sus dos hijos, donde explica su decisión con respecto a la ley de eutanasia y los indultos. En un atisbo de realismo mágico, mientras escucha la obra de música clásica más reciente de su hijo, vuelve a sentirse liviano después de tanto tiempo. Finalmente, Mariano De Santis ha logrado reconciliarse con el pasado, y si bien siente que es tarde para recuperar la pasión, ha encontrado algo nuevo: la gracia. 


ES




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